
Le acercó una silla y ella se sentó sacando un pañuelo para secarse los ojos. Luego se sonó y finalmente suspiró.
—No hay gran cosa que contar. ¡Todo fue tan rápido! Esa tarde, tu prima Adriana vino a tomar el té, y de repente, la princesa se encontró mal. No le dolía nada, pero estaba muy cansada. La señora Adriana insistió en que se acostara y la acompañó a su habitación. Cuando bajó al cabo de un rato, dijo que Su Alteza no cenaría, pero que debería prepararle una tila.
»Subí en cuanto la infusión estuvo preparada, pero tu pobre madre no quiso tomársela. Incluso dijo, un poco enfadada, que la señora Adriana era una cabezota y que se empeñaba en que tomara algo cuando ella no tenía ganas. Yo contesté que mi tila endulzada con miel la relajaría y que, en cualquier caso, no le veía buena cara, pero me di cuenta de que la molestaba; quería que la dejaran dormir, Así que dejé la taza en la mesilla de noche, salí después de desearle que pasara una buena noche y le aconsejé a Livia que no la molestara. Pero a la mañana siguiente, cuando Livia subió con la bandeja del desayuno, la oí gritar y llorar. Zaccaria y yo subimos enseguida… y vimos que la señora Isabelle nos había dejado y que… ¡oh, Dios mío!
Aldo la dejó llorar un momento sobre su hombro, luchando contra su propio dolor, y luego preguntó:
—¿Quién es Livia?
—La mayor de las dos muchachas que has visto al llegar. Ella y Frisca sustituyen, con nosotros dos, al personal de antes; los hombres se fueron a la guerra y algunas de las mujeres, demasiado mayores o demasiado preocupadas, decidieron irse con sus familias. Además, era imposible mantener tanto personal. Venturina, la doncella de tu madre, murió de la gripe y la sustituyó Livia. Una buena chica que hace bien su trabajo; la princesa estaba contenta.
—¿Qué dijo el médico? Ya sé que mi madre nunca lo llamaba, pero, dadas las circunstancias, debisteis de llamar al doctor Graziani, ¿no?
