—Está paralítico desde hace dos años y no se mueve del sillón. El que vino dijo que había sido un ataque cardíaco.

—Eso no tiene sentido. Mi madre jamás había padecido del corazón, y desde la muerte de mi padre llevaba una vida bastante austera.

—Lo sé, pero, como dijo el doctor, basta una vez…

Zaccaria, que no había querido obligar a su mujer a compartir ese primer rato con el que ella consideraba su hijo, entró en ese instante. Los ojos enrojecidos de Celina y el semblante apenado de Aldo le indicaron de qué estaban hablando. Inmediatamente, su emoción se sumó a la de ellos:

—Un golpe tremendo para nosotros, don Aldo. El alma de este palacio se marchó con nuestra querida princesa.

—Las lágrimas pugnaban por salir, pero se rehízo para anunciar que el señor Massaria, el notario, acababa de telefonear para preguntar si el príncipe Morosini no tenía inconveniente en recibirlo a última hora de la mañana, si es que no estaba demasiado cansado por el viaje.

Un tanto sorprendido y preocupado por semejante prisa, Aldo aceptó esa primera visita: a las once y media estaría muy bien; así tendría tiempo de asearse con calma.

—El baño está a punto —anunció Zaccaria, que empezaba a recuperar su tono solemne—. Ayudaré a Su Excelencia.

—¡Ni hablar! En el lugar del que vengo he aprendido a arreglármelas solo. Tú intenta encontrar en mi guardarropa algo que me quede más o menos bien.

Contrariado, el mayordomo salió de la cocina. Morosini se dirigió de nuevo a Celina para hacerle una última pregunta: ¿sabía si la condesa Vendramin había vuelto a Venecia?

El semblante de Celina perdió súbitamente toda su expresividad. Irguió la espalda, sacó el pecho como una gallina ofendida y declaró que no tenía ni idea, pero que, gracias a Dios, había pocas posibilidades.



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