
Morosini se limitó a sonreír; esperaba una respuesta de ese tipo. De modo bastante inexplicable, Celina, que más bien tenía tendencia a alentar sus aventuras con damas, detestaba a Dianora Vendramin. Sin conocerla, por supuesto, sino basándose en las habladurías y por el hecho de ser extranjera. Pese a la vocación cosmopolita de Venecia, la gente humilde profesaba por «los del norte» una antipatía que la larga ocupación austríaca explicaba en parte, y Dianora era danesa.
La joven, hija de un barón arruinado, sólo tenía dieciocho años cuando despertó una loca pasión en uno de los más nobles patricios de la laguna, que se casó con Dianora pese a tener cuarenta años más que ella. Dos años más tarde, se quedó viuda; su esposo había muerto en un duelo contra un hospodar rumano, conquistado por el encanto nórdico y los ojos de aguamarina de la joven.
Aldo Morosini la conoció unos meses antes de la declaración de guerra, la Nochebuena de 1913, en la fiesta de lady de Grey, una professional beauty que recibía en su palacio del Lido a una sociedad cosmopolita, un poco «mezclada» pero elegante y adinerada. La condesa Vendramin volvía a integrarse esa noche en un mundo del que se había apartado durante los tres años siguientes a la muerte de su esposo. Esa actitud discreta le había evitado numerosas humillaciones, pues se rumoreaba que el rumano había sido su amante y que ella había encontrado esa manera de librarse de un marido molesto pero rico.
La aparición tardía de la joven viuda, justo en el momento en que iban a pasar a la mesa, cortó en seco las conversaciones por su aspecto cautivador: la condesa, que lucía una creación del joven costurero Poiret realizada en una seda gris claro ligeramente azulado, totalmente cuajada de perlitas de cristal, y cuya línea fluida, ceñida bajo el pecho, acariciaba un cuerpo espigado que jamás había conocido el corsé, parecía una flor envuelta en escarcha. El vestido se estrechaba alrededor de unos tobillos dignos de una bailarina y de unas piernas estilizadas que el drapeado revelaba abriéndose antes de terminar en una corta cola.
