
Loco de dicha al descubrir que la sílfide de las nieves era su vecina de mesa, Aldo apenas prestó atención a la conversación general. Se conformaba con mirarla, deslumbrado, incapaz de recordar siquiera, una hora más tarde, las palabras que había intercambiado con la belleza. No escuchaba las palabras, sino sólo la música de aquella voz grave, un poco velada, que pasaba sobre sus nervios como el arco sobre las cuerdas de un violín.
A medianoche, cuando los lacayos con pelucas empolvadas abrieron las ventanas para que pudieran escuchar las campanadas y los cánticos de los niños apiñados en góndolas, le besó la mano deseándole una Navidad tan luminosa como la que él estaba viviendo gracias a ella. Entonces ella sonrió.
Más tarde bailaron. Después, la condesa le permitió acompañarla y entonces Aldo se atrevió, con una voz vacilante que no reconocía como suya, a hablarle de amor y a intentar traducir la pasión que había encendido en él. Ella lo escuchó sin decir nada, con los ojos cerrados, tan inmóvil en la mullida suavidad de su capa de chinchilla que él creyó que estaba dormida. Desconsolado, se calló. Entonces ella entreabrió sus largas pestañas sobre el lago claro de su mirada para susurrar, apoyando la cabeza titilante en el hombro del príncipe:
