—Continúe. Me gusta oírle.

Un instante después, él tomaba su boca, y un poco más tarde, en la antigua y encantadora casa que la joven poseía en el Campo San Polo, hacía caer el vestido de color luna y hundía su rostro en la masa liberada de una cabellera de seda clara, sin acabarse de creer el fabuloso regalo de Navidad que le hacía el destino: poseer a Dianora la misma noche de su primer encuentro.

Siguieron unos meses: un destello de loca pasión vivido entre el perfume de los naranjos de una villa de Sorrento, cuyos jardines descendían hasta el mar, donde a los dos les gustaba bañarse desnudos bajo las estrellas, y luego en un pequeño palacio enterrado bajo las adelfas a orillas del lago de Como. La pareja había, huido de Venecia y sus miles de miradas despreciativas. Además, Aldo no quería ofender a su madre, y sabía que le daba miedo esa relación con una mujer considerada peligrosa.

No obstante, con la embriaguez de los primeros días, ofreció a Dianora convertirse en princesa Morosini, propuesta que la joven rechazó alegando, no sin razón, que los tiempos no eran favorables al matrimonio. Desde hacía unos meses, corrían de una punta a otra de Europa rumores siniestros, como nubes anunciadoras de tormenta. Incluso parecía que estaban afianzándose.

—Es posible que tengas que combatir, querido —dijo ella—, y a mí no me atrae la angustia. Y menos aún el papel de viuda que me ha tocado y que tú me haces olvidar.

—Podrías borrarlo del todo, y si me quieres tanto como creo, casados o no, la angustia será la misma.

—Tal vez, pero al menos no dirán que te he traído mala suerte. Además, convertida en tu mujer me sentiría obligada a sufrir, y contigo sólo quiero conocer la felicidad.



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