
El 28 de junio de 1914, mientras el archiduque Francisco Fernando, heredero de Austria-Hungría, caía en Sarajevo con su esposa, víctima de las balas disparadas por Gavrilo Pririzip, Dianora y Aldo daban un paseo en barca por el lago. Lectora apasionada de Stendhal, a Dianora le gustaba identificarse con la duquesa Sanseverina, cuyo ardor, libertad y pasión admiraba, lo que molestaba un poco a su amante:
—No tienes la edad del personaje —ironizaba—, ni yo la del joven Fabrice, que además, para su gran pesar, nunca fue su amante. Y yo soy el tuyo, querida, un amante muy enamorado. Por eso añoro Sorrento, donde no corríamos tras amores demasiado románticos para no terminar mal.
—Todo tiene un fin.
—No quiero esa palabra para nuestro amor, y lamento que quisieras cambiar Sorrento por este lago sublime pero un poco melancólico. Te prefería al sol y vestida con tus cabellos.
—¡Qué bárbaro! Y yo que creía que te gustaba…
Mientras duró el lento paseo, ella no le permitió que se le acercara. Él no insistió; Dianora tenía a veces esos caprichos que atizaban el deseo y Aldo los aceptaba gustoso, pues sabía que la recompensa estaría a la altura de la tentación estoicamente soportada.
Así sucedió aquella noche. Dianora se entregó más ardientemente que nunca, sin conceder a sus caricias ni tregua ni descanso, como si no se saciara de amor. Tal vez porque intuía que tenían las horas mágicas contadas, el único deseo de la joven era dejar un recuerdo imborrable en su amante, pero Aldo no lo sabía o no quería saberlo.
A la mañana siguiente, efectivamente, un sirviente les informó del drama de Sarajevo y Dianora ordenó preparar su equipaje.
—Debo regresar a Dinamarca de inmediato —le dijo a Morosini, estupefacto ante una decisión tan apresurada—. El rey Christian preservará nuestra neutralidad, o al menos eso espero. En cualquier caso, allí estaré más segura que en Italia, donde siempre me han visto como una extranjera en espera de tomarme por una espía.
