—¡No digas disparates! Cásate conmigo y estarás a salvo de todo.

—¿Incluso cuando tú estés lejos? Es la guerra, Aldo, no te engañes. Prefiero vivirla junto a los míos y despedirme de ti ahora mismo. Recuerda que te he querido mucho.

—¿Es que ya no me quieres? —preguntó él, extrañado.

—Sí, pero en realidad eso ya no debe tener ninguna importancia.

Negándole el beso que él quería darle, lo apartó suavemente y se limitó a ofrecer a sus labios una mano para retirarla enseguida, pese a que él intentaba retenerla.

—Es mejor así —dijo Dianora con una sonrisa un poco forzada que a él no le gustó—. El círculo se cierra con el mismo gesto con el que todo empezó en casa de lady de Grey. No nos hemos separado desde entonces y deseo que nuestra separación esté marcada por la misma elegancia.

Dianora encerró bajo la piel clara de su guante la huella de los labios de Aldo; luego, negándose a que él la acompañara, hizo un último ademán de despedida mientras montaba en el coche que había pedido para que la llevara a Milán. No se volvió ni una sola vez. Un poco de polvo bajo la caja azul de un automóvil fue el último recuerdo que Morosini guardó de su amante. Había salido de su vida como se sale de una casa: cerrando la puerta tras de sí sin acceder a dar una dirección, y todavía menos una cita.

—Hay que dejar que el azar actúe —había dicho—. A veces, el tiempo pasado vuelve.

—Ésa era la divisa de Lorenzo el Magnífico —repuso él—. Sólo una italiana puede creer en ella. Tú no.

Aunque Dianora consideraba elegante su separación, esa forma de despegarse de él hirió profundamente a Aldo, tanto en su amor como en su orgullo masculino. Antes de conocer a Dianora, había tenido muchas aventuras sin importancia alguna para él. Siempre acababan por iniciativa suya pero sin brusquedad y, en general, de forma bastante consoladora para la interesada, pues tenía una habilidad especial para transformar sus amores en amistades.



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