Era de día cuando el convoy se adentró en el largo dique que amarraba la balsa veneciana a la tierra firme. Un día gris en el que la laguna brillaba como estaño antiguo. La ciudad, envuelta en una neblina amarillenta, apenas se distinguía, y por la ventanilla abierta entraban el olor salado del mar y el grito de las gaviotas. El corazón de Aldo comenzó a latir de repente al peculiar ritmo de las citas amorosas. Sin embargo, ninguna esposa o prometida lo esperaba al final del doble cable de acero tensado por encima del agua. Su madre, la única mujer a la que nunca dejó de adorar, había muerto unas semanas antes de su liberación, lo que había abierto en él una herida que la sensación de absurdo y la decepción hacían más dolorosa; una herida que sería difícil de curar. Isabelle de Montlaure, princesa Morosini, descansaba ahora en la isla de San Michele, bajo el mausoleo barroco situado junto a la capilla Emiliana. Y dentro de muy poco, el palacio blanco posado como una flor sobre el Gran Canal sonaría a hueco, sin alma.

La evocación de su casa ayudó a Morosini a dominar el dolor; el tren estaba entrando en la estación y no era conveniente abordar Venecia con lágrimas en los ojos. Los frenos chirriaron; se produjo una ligera sacudida y luego la locomotora soltó una vaharada de vapor.

Aldo cogió de la redecilla su escaso equipaje, bajó al andén y echó a correr.

Cuando salió de la estación la bruma se teñía de reflejos malva. Enseguida vio a Zaccaria de pie junto a los peldaños que descendían hacia el agua. Tieso como una vela, con su bombín y su largo abrigo negro, el mayordomo de los Morosini esperaba a su señor con el envaramiento que se había convertido en algo natural en él, hasta el punto de integrarse en su carácter. Un porte bastante difícil de adquirir para un veneciano fogoso cuyo físico, en su juventud, lo acercaba más a un tenor de ópera que al sirviente de una casa principesca.



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