
Los años, unidos a la generosa cocina de su mujer, Celina, envolvieron a Zaccaria en una especie de melosidad, unas formas más imponentes y una seguridad, gracias a las cuales prácticamente consiguió esa majestuosidad olímpica, algo desdeñosa, que tanto había envidiado a sus colegas británicos. Al mismo tiempo, curiosamente, la gordura reveló un parecido con el emperador Napoleón I, cosa de la que se mostraba sumamente orgulloso. En contrapartida, sus maneras solemnes tenían la virtud de exasperar a Celina, aunque sabía que no afectaban a sus sentimientos. Solía decir que, si la viera desplomarse muerta, la preocupación por su dignidad se impondría a un pesar que, por lo demás, no ponía en duda, y que su primera reacción sería arquear las cejas con expresión reprobatoria ante semejante falta de compostura.
Con todo, al ver aparecer a Aldo con su ancho uniforme raído y esa tez cerosa de las personas que han sufrido privaciones y falta de sol, el imperial Zaccaria abandonó de golpe toda su soberbia. Con lágrimas en los ojos, se precipitó hacia el recién llegado para cogerle la bolsa de viaje al tiempo que se quitaba el sombrero con tanta impetuosidad que se le escapó de la mano y, como una pelota negra, fue rodando hasta el canal, donde se puso a flotar alegremente sin que Zaccaria, consternado, se preocupara lo más mínimo.
—¡Príncipe! —exclamó—. ¡En qué estado se encuentra, Dios mío!
Aldo rompió a reír.
—¡Vamos, no dramatices! Mejor dame un abrazo.
Cayeron uno en brazos de otro ante la mirada enternecida de una joven florista que estaba instalando su mercancía y que, tras escoger un espléndido clavel rojo oscuro, se lo ofreció al viajero haciendo una pequeña reverencia.
—Es la bienvenida de Venecia a uno de sus hijos recuperados —dijo con una sonrisa emocionada—. Acéptela, Excellenza. Esta flor le traerá felicidad.
La florista era guapa y poseía la misma frescura que su pequeño y ambulante jardín. Morosini aceptó el presente y le devolvió la sonrisa.
