—Conservaré esta flor como recuerdo. ¿Cómo se llama?

—Desdémona.

Era, en efecto, la bienvenida de la propia Venecia.

Acercándose la flor a la nariz, aspiró su intenso perfume antes de ponérsela en uno de los ojales de su viejo dolmán y seguir a Zaccaria a través del barullo al que ninguna guerra era capaz de poner fin: el de los recaderos de los hoteles vociferando el nombre de su establecimiento, los funcionarios de correos cuyo barco esperaba la correspondencia y los gondoleros en busca de clientes matinales, además de los empleados del vaporetto detenido en la estación de Santa Lucia.

—Es increíble. No hace nada que los cañones han dejado de sonar y ya hay turistas —comentó, sorprendido, Morosini.

El mayordomo se encogió de hombros.

—Siempre hay turistas. Tendría que engullimos el mar para que no viniera nadie, y aun así…

Al final de la escalera, soberbia con sus leones de bronce con las alas desplegadas y sus terciopelos amaranto bordados en oro, una larga góndola aguardaba ante una hilera de chiquillos y de curiosos; era raro ver embarcaciones tan bonitas delante de la estación. El gondolero, un muchacho alto de cabellos rubios tirando a rojo, delgado como un bailarín, se afanaba en recuperar el sombrero de Zaccaria. Lo consiguió justo cuando el príncipe embarcaba; agarró el bombín empapado y lo dejó caer a sus pies para saludarlo alegremente:

—Bienvenido, príncipe, es una gran alegría tenerlo de vuelta. Hoy es un día espléndido.

Morosini le estrechó la mano…

—Gracias, Zian. Tienes razón, es un día espléndido, aunque el sol no parezca querer salir.

No obstante, este hacía un tímido intento sobre la cúpula verde de San Simeone, que brilló un instante como si hiciera un guiño amistoso. Sentado junto a Zaccaria, Aldo se dejó bañar por el aire marino mientras Zian, tras saltar con agilidad a la cola del «escorpión» negro realzado con filetes rojos y dorados, lo conducía al centro del canal con un solo impulso de su largo remo.



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