Poco a poco, la cara de Tonia empezó a animarse. Sin abrir aún los ojos, de pronto sonrió.

— El de la barba negra ha volado hacia Ketz. ¡Pues muy bien, nosotros vamos a seguirle!

Al oír estas palabras casi me caí de la silla.

— ¡Volar en un cohete! ¡Hacia el negro abismo del cielo…!

Yo dije esto en un tono tan trágico y con tal pavor, que Tonia soltó una carcajada.

— Creía que usted era más valiente y decidido — dijo ella ya seria e incluso con un poco de amargura—. De todas maneras, si usted no quiere acompañarme, puede irse a Leningrado o a Armenia, donde usted quiera. Ahora ya sé el nombre del de la barba negra puedo prescindir de usted. Y ahora vaya a su habitación y túmbese en la cama. Tiene muy mala cara. Las grandes alturas y el mundo de las estrellas no son para usted.

Sí, en verdad, yo me sentía bastante mal y gustosamente habría cumplido las órdenes de Tonia. Pero mi amor propio estaba afectado. En aquel momento lo que más me interesaba era quedarme en la Tierra y lo que más temía era perder a Tonia. ¿Qué sentimiento sería más fuerte? Mientras vacilaba mi lengua decidió por mí.

— ¡Antonina Ivanovna! ¡Tonia! — exclamé—. Estoy orgulloso porque me invite ahora a acompañarle, cuando ya no le hago falta, para buscar al de la barba negra. ¡Yo también voy!

Ella sonrió dulcemente y me alargó la mano.

— Gracias, Leonid Vasilevich. Ahora debo contárselo todo, pues he visto como sufría debido a Paley, al que busco con tal ahínco. Reconózcalo, usted más de una vez ha tenido en la cabeza el pensamiento que Paley se fue de mi lado y que yo, como una obstinada enamorada, voy detrás de él por el mundo, con esperanzas de recobrar su amor.

Enrojecí involuntariamente.

— Pero usted tuvo tanto tacto, que no me hizo ninguna pregunta. Pues bien, sépalo: Paley es mi amigo y camarada de Universidad. Es un joven científico de talento superior; es además inventor.



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