
— ¡Voy con usted, Antonina Ivanovna!
No sé para quién fue mayor sorpresa esta exclamación, para ella o para mí mismo. Creo que para mí.
Así me encontré arrastrado en esta cadena de inverosímiles aventuras.
II — El demonio de la indomabilidad
Recuerdo confusamente nuestro viaje desde Leningrado hasta el misterioso Ketz. Me encontraba demasiado agitado por nuestra marcha inesperada, turbado por mi propio proceder, deprimido por la energía de Tonia.
Tonia no quería perder ni un solo día y compuso el itinerario de nuestro viaje utilizando los más modernos medios de comunicación existentes.
Desde Leningrado a Moscú volamos en avión. En la elevación de Baldaisk fuimos zarandeados lo suficiente para que yo, que no aguanto el balanceo por mar ni por el aire, me sintiera indispuesto. Tonia cuidaba solícita de mí. Por el camino empezó a tratarme con más dulzura, en una palabra, mejoró. Yo me maravillaba más y más: ¡cuánta fuerza, ternura femenina y solicitud en esta joven! La preparación del viaje me dejó rendido. A pesar que había trabajado más que yo, en ella esto no hizo mella. Siempre estaba alegre y a menudo canturreaba no sé qué canciones.
En Moscú transbordamos a un avión estratoplano polirreactivo Tziolkovsky, que efectuaba el tramo directo Moscú-Tashkent.
Este avión desarrollaba una velocidad asombrosa. Tres cigarros metálicos unidos por sus lados entre sí y por el timón de cola, cubiertos por una ala, así era el aspecto exterior del estratoplano. Tonia en seguida se puso al corriente de las características de su construcción, y me explicaba que los pasajeros y pilotos viajaban en el cuerpo de la izquierda, en el de la derecha el carburante, y en el cuerpo central se hallaban la hélice, el compresor de aire, el motor y todo el sistema de refrigeración; que el avión se movía por la fuerza de la hélice y la repercusión de los productos que quemaba.
