
No tuve tiempo de sentarme bien y ya habíamos traspasado los límites de la República Federal Rusa. La masa de nubes impedía el ver la tierra. Cuando las nubes empezaron a clarear, vi en la profundidad, debajo nuestro, una superficie grisácea. Parecía más profunda en el centro y elevada en el horizonte, como una cúpula gris vuelta al revés.
— Las estepas de Kirgisia — dijo Tonia.
— ¿Ya? ¡Esto sí que es velocidad!
Un vuelo así satisfacía incluso la impaciencia de Tonia.
Delante brilló el Mar de Aral. Y en la cabina se hablaba ya no sobre Moscú, la cual acabábamos de dejar, sino sobre Tashkent, Andijan, Kokand.
No tuve tiempo de ver Tashkent. Con la rapidez del rayo tomamos tierra, y ya después de un minuto corríamos en automóvil hacia la estación del tren superrápido reactivo con el nombre del mismo Tziolkovsky. Este primer tren reactivo «Tashkent-Andijan» corría a velocidades no inferiores al estratoplano que acabábamos de dejar.
Vi un largo vagón de forma aerodinámica sin ruedas. El fondo del vagón descansaba en una pista de hormigón que se elevaba sobre el suelo. Por ambos lados del vagón había una especie de brazos salientes, que llegaban hasta los costados de la pista. Estos daban estabilidad al vagón en las curvas.
Supe que en este tren se bombeaba aire a presión debajo del vagón y por unas toberas especiales salía despedido hacia atrás. De esta manera, el vagón volaba sobre una delgada almohada de aire. La fricción se reducía al mínimo. El movimiento se obtenía al lanzar hacia atrás los chorros de aire y el vagón desarrollaba tal velocidad que, en su carrera, atravesaba pequeños riachuelos sin necesidad de puentes.
