
– Faltaría más.
Y ahora Lattes remacharía las órdenes tajantes del jefe superior. Un homicidio no entraba en sus atribuciones, era asunto de la Brigada Móvil. Marcó el número del jefe del gabinete.
– ¡Montalbano queridísimo! ¿Cómo está? ¿Cómo está? ¿Qué tal la familia?
¿Qué familia? Era huérfano, y ni siquiera estaba casado.
– Todos muy bien, gracias, señor Lattes. ¿Y la suya?
– Todos bien, gracias a la Virgen. Oiga, Montalbano, en cuanto al homicidio que ha habido esta noche en Vigàta, el señor jefe superior…
– Ya lo sé, señor Lattes. No tengo que ocuparme del asunto.
– ¡No, por Dios! ¿Qué dice? Yo lo he llamado precisamente porque el señor jefe superior desea, por el contrario, que se encargue usted de él.
Montalbano estuvo a punto de desmayarse. ¿Qué significaba todo aquello?
Ni siquiera conocía la identidad del muerto. ¿A que ahora resultaría que el chaval asesinado era hijo de algún personaje importante? ¿Acaso le estaban endilgando un engorro monumental? ¿No una patata caliente sino un tizón ardiendo?
– Disculpe, dottore Lattes. Yo me he personado en el lugar de los hechos, pero no he iniciado la investigación. Como usted comprenderá, no quería inmiscuirme en algo que no me compete.
– ¡Lo comprendo muy bien, Montalbano! ¡Gracias a la Virgen, en nuestra Jefatura nos tratamos con personas de exquisita sensibilidad!
– ¿Por qué no se encarga del asunto el señor Gribaudo?
– ¿No lo sabe?
– No sé absolutamente nada.
– Verá, el señor Gribaudo tuvo que irse la semana pasada a Beirut para asistir a una importante reunión sobre…
– Lo sé. ¿Se ha tenido que quedar en Beirut?
– No, no, ya ha regresado, pero, nada más llegar, sufrió una grave disentería. Temíamos que se tratara de una variedad de cólera, ya sabe, por aquella zona no es insólito, pero después, gracias a la Virgen, resultó que no.
