
Montalbano también dio las gracias a la Virgen por permitir que Gribaudo no pudiera alejarse más de medio metro del retrete.
– ¿Y el subjefe Foti?
– Fue a Nueva York para asistir a la reunión convocada por Rudolph Giuliani, ya sabe, el alcalde de la «tolerancia cero». La reunión trataba de la mejor manera de mantener el orden en una metrópoli…
– Pero ¿eso no terminó hace un par de días?
– Sí, claro, claro. Pero, verá usted, antes de regresar a Italia, el señor Foti quiso darse un garbeo por Nueva York. Le pegaron un tiro en la pierna para robarle la cartera. Está ingresado en el hospital. Gracias a la Virgen, nada grave.
Fazio apareció pasadas las diez.
– ¿Cómo venís tan tarde?
– ¡Por el amor de Dios, dottore, no me diga nada! ¡Primero hemos tenido que esperar al suplente del juez suplente! Después…
– Espera. Explícate mejor.
Fazio elevó los ojos al cielo, pues tener que hablar del asunto le volvía a poner los nervios de punta.
– De acuerdo. Cuando Galluzzo fue a recoger al juez suplente Tommaseo, que había chocado contra un árbol…
– Pero ¿no era un poste?
– No, dottore, a él le pareció un poste, pero era un árbol. Resumiendo, Tommaseo se había hecho una herida en la frente y le salía sangre. Entonces Galluzzo lo acompañó al servicio de urgencias de Montelusa. Desde allí, Tommaseo telefoneó para que lo relevaran, pues le dolía la cabeza, pero era muy pronto y en el Palacio de Justicia no había nadie. Tommaseo llamó al teléfono particular de un compañero suyo, el juez Nicotra. Y por eso hemos tenido que esperar a que el juez Nicotra se despertara, se vistiera, se tomara el café, se pusiera al volante del coche y llegara. Pero, entre tanto, el señor Gribaudo no aparecía. Y el subjefe, tampoco. Cuando por fin ha llegado la ambulancia y han retirado el cadáver, me he quedado diez minutos esperando a los de la Móvil. Y después, al ver que no venía nadie, me he largado. Si el señor Gribaudo quiere algo de mí, que venga a buscarme aquí.
