– Montalbano, se lo digo de una vez por todas con ocasión de la llegada del nuevo jefe de la Brigada Móvil, el señor Ernesto Gribaudo. Usted deberá ejercer funciones de apoyo. Su comisaría sólo se encargará de los asuntos sin importancia, y dejará que de los importantes se encargue la Móvil en la persona del señor Gribaudo o del subjefe de la brigada.

Ernesto Gribaudo. Legendario. Una vez, tras haber examinado el tórax de un hombre asesinado con una ráfaga de kalashnikov, había sentenciado que el tipo había muerto a causa de doce puñaladas asestadas en rápida sucesión.

– Perdone, señor jefe superior, ¿me podría dar algún ejemplo concreto?

Luca Bonetti-Alderighi se había llenado de orgullo y satisfacción. Montalbano permanecía de pie delante de él al otro lado del escritorio, ligeramente inclinado hacia delante y con una humilde sonrisa en los labios. Por si fuera poco, el tono de su voz había sido casi implorante. ¡Lo tenía en un puño!

– Explíquese mejor, Montalbano. No he entendido qué ejemplos quiere usted.

– Quisiera saber qué asuntos tengo que considerar sin importancia y qué otros importantes.

Montalbano también se había felicitado por su actuación: la imitación del inmortal personaje de Fantozzi del actor cómico Paolo Villaggio le estaba saliendo de maravilla.

– ¡Qué pregunta, Montalbano! Pequeños hurtos, peleas, trapicheo de poca monta, reyertas, control de extracomunitarios, ésos son los asuntos sin importancia. El homicidio no, eso es un asunto importante.

– ¿Me permite tomar apuntes? -preguntó Montalbano, sacándose del bolsillo un trozo de papel y un bolígrafo.

El jefe superior lo miró, perplejo. Y, por un instante, el comisario se asustó: a lo mejor se le había ido la mano en la tomadura de pelo y el otro se había dado cuenta. Pero no. El jefe superior hizo una mueca de desprecio.



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