
– Apártese, por favor.
Pareció que Davide no lo había oído, pues siguió apretando el timbre. Sonaba como de lejos. Fazio se adelantó, sujetó a Davide por los hombros y lo apartó. El comisario se sacó del bolsillo un gran llavero, del cual colgaban unas diez piezas de hierro de distintas formas. Ganzúas, regalo de un ladrón amigo suyo. Se pasó cinco minutos manipulando la cerradura: además del muelle, había cuatro vueltas de llave.
La puerta se abrió. Montalbano y Fazio ensancharon al máximo las ventanas de la nariz para percibir el olor que procedía del interior. Fazio sujetaba por un brazo a Davide, que quería entrar de inmediato. La muerte al cabo de dos días empieza a apestar. Nada, el apartamento olía sólo a cerrado. Fazio soltó la presa, y Davide pegó un brinco, entró y enseguida empezó a llamar.
– ¡Papá! ¡Mamá!
Reinaba un orden perfecto. Las ventanas estaban cerradas; la cama, hecha; la cocina, arreglada; el fregadero, sin platos sucios. En el interior del frigorífico, queso, un paquete de jamón, aceitunas, una botella de vino blanco medio vacía. En el congelador, cuatro tajadas de carne, dos salmonetes. Si se habían ido, estaba claro que tenían intención de regresar muy pronto.
– ¿Sus padres tenían familiares?
Davide se había sentado en una silla de la cocina con la cabeza entre las manos.
– Papá no. Mamá sí. Un hermano en Comiso y una hermana en Trapani, ya difunta.
– ¿Y no sería posible que hubieran ido a…?
– No, señor comisario, lo descarto. No tienen noticias de mis padres desde hace un mes. No se relacionaban mucho.
– ¿O sea que usted no tiene ni la más remota idea de adónde pueden haber ido?
– No. Si la hubiera tenido, habría intentado buscarlos.
