– La última vez que habló con ellos fue la noche del jueves de la semana pasada, ¿verdad?

– Sí.

– ¿No le dijeron nada que pudiera…?

– Nada de nada.

– ¿De qué hablaron?

– De lo mismo de siempre, la salud, los nietos… Tengo dos hijos varones: Alfonso, como papá, y Giovanni; uno tiene seis años, y el otro, cuatro. Los quieren mucho. Cada vez que veníamos a verlos a Vigàta, los cargaban de regalos.

No hacía el menor esfuerzo por reprimir las lágrimas.

Fazio, que se había ido a dar una vuelta por el apartamento, regresó con los brazos extendidos.

– Señor Griffo, de nada sirve que nos quedemos aquí. Espero poder facilitarle alguna información cuanto antes.

– Señor comisario, me he tomado unos días de permiso en el Ayuntamiento. Puedo quedarme en Vigàta por lo menos hasta mañana por la noche.

– Por mí, puede quedarse todo el tiempo que quiera.

– No, me refería a otra cosa: ¿puedo dormir aquí esta noche?

Montalbano lo pensó un poco. En el comedor, que era también la sala de estar, había un pequeño escritorio con unos papeles encima. Quería examinarlos con detenimiento.

– No, no puede dormir en este apartamento. Lo siento.

– Pero ¿y si por casualidad llamara alguien…?

– ¿Quién? ¿Sus padres? ¿Qué motivo podrían tener sus padres para llamar a su casa, sabiendo que no hay nadie?

– No, quería decir, si llama alguien que tiene alguna noticia…

– Tiene razón. Mandaré intervenir inmediatamente el teléfono. Fazio, encárgate tú de eso. Señor Griffo, quisiera una fotografía de sus padres.

– La guardo en el bolsillo, señor comisario. Se la hice yo mismo cuando fueron a vernos a Messina. Se llaman Alfonso y Margherita.

Rompió en sollozos mientras le alargaba la fotografía a Montalbano.


* * *

– Cinco por cuatro, veinte; veinte menos dos, dieciocho -dijo Montalbano en el rellano en cuanto Griffo se fue, más perplejo que convencido.



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