
– ¿Está usted desvariando? -preguntó Fazio.
– Si las matemáticas no son una opinión, si este edificio tiene cinco plantas, quiere decir que hay veinte apartamentos. Pero, en realidad, son dieciocho, descontando los de los Griffo y Nenè Sanfilippo. En pocas palabras, tenemos que interrogar nada menos que a dieciocho familias. Y hacer a cada una un par de preguntas. ¿Qué saben ustedes de los Griffo? ¿Qué saben de Nenè Sanfilippo? Si el muy cabrón de Mimì estuviera aquí y nos echara una mano…
Hablando del rey de Roma… Justo en aquel momento sonó el móvil de Fazio.
– Es el subcomisario Augello. Pregunta si lo necesita.
Montalbano enrojeció de rabia.
– Que venga inmediatamente. Dentro de cinco minutos tiene que estar aquí aun a riesgo de romperse las piernas.
Fazio repitió la orden.
– Y, mientras llega, vamos a tomarnos un café -propuso el comisario.
Cuando regresaron a Via Cavour, Mimì ya los estaba esperando. Fazio se apartó discretamente.
– Mimì -dijo Montalbano-, a mí contigo se me cae el alma a los pies. Y me faltan las palabras. ¿Se puede saber qué se te ha pasado por la cabeza? ¿Sabes o no sabes que…?
– Lo sé -lo interrumpió Augello.
– ¿Qué coño sabes?
– Lo que tengo que saber. Que he cometido un error. El caso es que me noto raro y confuso.
El comisario se ablandó. Mimì lo estaba mirando con una cara que él jamás le había visto. No con la acostumbrada desvergüenza. Muy al contrario. Más bien con una cierta resignación y humildad.
– Mimì, ¿puedo saber qué te ha ocurrido?
– Después te lo digo, Salvo.
Montalbano estaba a punto de apoyarle una consoladora mano en el hombro cuando una repentina sospecha se lo impidió. ¿Y si aquel hijo de puta de Mimì se estaba comportando como él con Bonetti-Alderighi, fingiendo una actitud servil cuando, en realidad, se trataba de una solemne tomadura de pelo? Augello era un comediante y un caradura, capaz de eso y de mucho más. En la duda, reprimió el gesto de afecto, y lo puso al corriente de la desaparición de los Griffo.
