
– Mire, señor comisario, sobre los señores Griffo sólo puedo decirle que eran muy antipáticos. Una vez me crucé con la señora, que estaba entrando con el carrito de la compra lleno hasta el tope y dos bolsas de plástico en cada mano. Puesto que, para llegar al ascensor, hay que subir tres peldaños, le pregunté si podía ayudarla. Me contestó de muy malos modos que no. Y el marido no era mejor. ¿Nenè Sanfilippo? Un chico muy guapo, rebosante de vida, simpático. ¿Qué hacía? Lo que hacen todos los jóvenes de su edad cuando gozan de libertad.
Mientras lo decía miró de soslayo a sus padres, lanzando un suspiro. No, ella no gozaba de libertad, por desgracia. De lo contrario, hubiera sido capaz de dar ciento y raya al difunto Nenè Sanfilippo.
Tercera planta, puerta 15. Doctor Assunto Ernesto, médico odontólogo.
– Comisario, esto es sólo mi consulta. Yo vivo en Montelusa y aquí sólo vengo de día. Lo único que puedo decirle es que una vez me tropecé con el señor Griffo con la cara deformada a causa de un flemón. Le pregunté si tenía dentista y me dijo que no. Entonces le aconsejé que se pasara un momento por aquí, por mi consulta. A cambio, recibí una tajante respuesta negativa. En cuanto a ese Sanfilippo, ¿quiere que le diga una cosa? Jamás lo vi, ni siquiera sé qué pinta tenía.
Empezó a subir el tramo de escalera que conducía al piso de arriba, y le dio por mirar el reloj. Ya era la una y media, y, dada la hora, por un reflejo condicionado, le entró un voraz apetito. Oyó el ruido del ascensor, que subía. Decidió resistir heroicamente el apetito y seguir con las preguntas, pues a aquella hora era más fácil encontrar a los inquilinos en casa. Delante de la puerta 16 vio a un hombre grueso y calvo que sostenía una deformada bolsa negra en una mano mientras con la otra trataba de introducir la llave en la cerradura. El hombre vio al comisario detenerse a su espalda.
