
– ¿Me busca a mí?
– Sí, señor…
– Mistretta. Y usted, ¿quién es?
– Soy el comisario Montalbano.
– ¿Y qué quiere?
– Hacerle unas cuantas preguntas acerca del joven asesinado esta noche.
– Sí, lo sé, la portera me lo ha contado todo cuando he salido para ir al despacho. Trabajo en la cementera.
– … y acerca de los señores Griffo.
– ¿Por qué, qué han hecho los Griffo?
– Han desaparecido.
El señor Mistretta abrió la puerta y se apartó a un lado.
– Pase.
Montalbano se adelantó un paso y se encontró en un apartamento en el que reinaba un desorden absoluto. Dos calcetines sucios y desparejados sobre la mesita del recibidor. El hombre lo hizo pasar a un saloncito que debía de haber sido una sala de estar. Periódicos, platos sucios, vasos empañados, ropa lavada y sin lavar, ceniceros llenos de ceniza y colillas.
– Está todo un poco desordenado -reconoció el señor Mistretta-, pero es que mi mujer está en Caltanissetta desde hace dos meses, atendiendo a su madre, que está enferma.
Sacó de la bolsa negra una lata de atún, un limón y una barra de pan. Abrió la lata y echó su contenido en el primer plato que le vino a mano. Apartando a un lado unos calzoncillos, cogió un tenedor y un cuchillo. Cortó el limón y lo exprimió sobre el atún.
– ¿Usted gusta? Mire, comisario, no le quiero hacer perder el tiempo. Tenía intención de entretenerlo aquí un ratito sólo para que me hiciera un poco de compañía. Pero después he pensado que sería injusto. A los Griffo los veía alguna que otra vez. Pero ni siquiera nos saludábamos. Al joven asesinado jamás lo vi.
– Gracias. Buenos días -dijo el comisario, levantándose.
A pesar de toda aquella suciedad, el hecho de ver comer a alguien le había redoblado el apetito.
Cuarta planta. Junto a la puerta del apartamento 18 vio una placa bajo el timbre: «Guido y Gina de Dominicis.» Llamó al timbre.
