– ¿Quién es? -preguntó una voz infantil.

¿Qué responder a un niño?

– Soy un amigo de tu papá.

Se abrió la puerta y apareció ante los ojos del comisario un chiquillo de unos ocho años y con pinta de espabilado.

– ¿Está papá? ¿O mamá?

– No, pero vuelven enseguida.

– ¿Cómo te llamas?

– Pasqualino. ¿Y tú?

– Salvo.

En aquel momento Montalbano tuvo la certeza de que el olor que salía del apartamento era de quemado.

– ¿Qué es este olor?

– Nada. Le he pegado fuego a la casa.

El comisario se disparó de golpe, asustando a Pasqualino. A través de una puerta salía un humo muy negro. Era el dormitorio, en el que una cuarta parte de la cama de matrimonio estaba ardiendo. Se quitó la chaqueta, vio una manta de lana doblada sobre una silla, la desdobló y la arrojó sobre las llamas, dando fuertes manotazos. Una perversa y pequeña lengua de fuego se le comió medio puño de la camisa.

– Si tú me apagas el fuego, yo lo enciendo en otro sitio -dijo Pasqualino, blandiendo con gesto amenazador una caja de cerillas de cocina.

¡Qué listo era aquel diablillo! ¿Qué tenía que hacer? ¿Desarmarlo o seguir apagando el incendio? Optó por hacer de bombero, y siguió quemándose. Sin embargo, un estridente grito femenino lo dejó paralizado.

– ¡Guidooooooooooo!

Una joven rubia con los ojos enormemente abiertos estaba a punto de desmayarse. Montalbano no había tenido tiempo ni de abrir la boca cuando al lado de la mujer apareció un joven con gafas, de anchas espaldas, una especie de Clark Kent, el que después se transforma en Superman. Sin decir ni una sola palabra, Superman, con un gesto de suprema elegancia, se abrió la chaqueta. Y el comisario se vio apuntado por una pistola que le pareció un cañón.

– Manos arriba.



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