
Montalbano obedeció.
– ¡Es un pirómano! ¡Es un pirómano! -balbucía entre lágrimas la joven, abrazando con fuerza a su hijito, a su angelito.
– ¿Sabes, mami? ¡Me ha dicho que quería pegar fuego a toda la casa!
Tardaron algo así como media hora en aclarar el asunto. Montalbano se enteró de que el hombre era cajero de un banco y que por eso iba por ahí armado. Y que la señora Gina se había retrasado porque había ido al médico.
– Pasqualino tendrá un hermano -confesó la señora, bajando púdicamente los ojos.
Con el ruido de fondo de los gritos y el llanto del chiquillo, que había recibido una buena zurra en el trasero y había sido encerrado en una habitación a oscuras, Montalbano averiguó que los señores Griffo, incluso cuando estaban en casa, era como si no estuvieran.
– Ni siquiera un ataque de tos, qué sé yo, algo que cayera al suelo, una palabra pronunciada un poquito más alto. ¡Nada!
En cuanto a Nenè Sanfilippo, el matrimonio De Dominios ignoraba incluso que el asesinado viviera en su mismo edificio.
Tres
La última estación del vía crucis era el apartamento 19 del cuarto piso. Abogado Leone Guarnotta.
Por debajo de la puerta se filtraba un aroma de ragú que a Montalbano le quitó el sentido.
– Usted es el comisario Montaperto -dijo la enorme cincuentona que le abrió la puerta.
– Montalbano.
– ¡Yo me confundo con los nombres, pero si veo una cara en la televisión, aunque sólo sea una vez, ya nunca la olvido!
– ¿Quién es? -preguntó una voz masculina desde dentro.
– Es el comisario, Leò. Pase, pase.
Mientras Montalbano entraba, apareció un enjuto sexagenario con una servilleta remetida en el cuello de la camisa.
– Guarnotta, encantado. Pase. Estábamos a punto de sentarnos a comer. Acompáñeme al salón.
– ¡Déjate de salones! -terció la mujerona-. Si pierdes el tiempo con chácharas, la pasta se pega. ¿Usted ha comido, señor comisario?
