– La verdad es que todavía no -contestó Montalbano, sintiendo que su corazón se abría a la esperanza.

– Pues entonces, todo arreglado, se sienta con nosotros y se come un plato de pasta. Así hablaremos todos mejor -concluyó la señora Guarnotta.

La pasta se había escurrido en el momento adecuado («saber cuándo llega el momento de escurrir la pasta es un arte», le había dicho un día su asistenta, Adelina), y la carne en salsa era tierna y sabrosa.

Pero, aparte de llenarse la barriga, el comisario no consiguió llegar a ninguna parte en su investigación. Había dado otro palo de ciego.

Cuando a las cuatro de la tarde se encontró en su despacho con Mimì Augello y Fazio, Montalbano no pudo por menos de constatar que los palos de ciego eran definitivamente tres.

– Aparte de que sus matemáticas son realmente una opinión, porque los apartamentos de aquella casa son veintitrés… -dijo Fazio.

– ¿Cómo veintitrés? -preguntó, sorprendido, Montalbano, a quien los números no se le daban muy bien.

– Dottore, hay tres en la planta baja, todos despachos. No conocen ni a los Griffo ni a Sanfilippo.

En resumen, los Griffo llevaban años viviendo en aquel edificio, pero era como si hubieran sido invisibles. Y en cuanto a Sanfilippo, como si no hubiera existido, había inquilinos que jamás lo habían oído nombrar.

– Vosotros dos, antes de que la noticia de la desaparición sea oficial, procurad averiguar algo más en el pueblo: rumores, habladurías, chismes, conjeturas, cosas de este tipo -dijo el comisario.

– ¿Porque, en cuanto se conozca la noticia de la desaparición, las respuestas de las personas podrían cambiar? -preguntó Augello.

– Sí, cambian. Una cosa que te parecía normal adquiere un cariz distinto después de un acontecimiento anormal. Y, ya que estáis en ello, preguntad también sobre Sanfilippo.



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