Fazio y Augello abandonaron el despacho sin estar muy convencidos.

Montalbano cogió las llaves de Sanfilippo que Fazio le había dejado en el escritorio, se las guardó en el bolsillo y fue a llamar a Catarella, que llevaba una semana empeñado en resolver un crucigrama para principiantes.

– Catarè, ven aquí conmigo. Te encomiendo una misión importante.

Abrumado por la emoción, Catarella no consiguió abrir la boca ni siquiera cuando se encontró en el interior del apartamento del muchacho asesinado.

– ¿Ves aquel ordenador, Catarè?

– Sí, señor. Muy bonito.

– Pues bien, trabaja en él. Quiero saber todo lo que contiene. Y después le pones todos los disquetes y los… ¿cómo se llaman?

– Gederromes, dottori.

– Examínalos todos. Y después me redactas un informe.

– Puede que también haya videocasetes.

– Los videocasetes los dejas estar.

Subió al coche y se dirigió a Montelusa. Su amigo el periodista Nicolò Zito, de Retelibera, estaba a punto de salir en antena. Montalbano le alargó la fotografía.

– Se apellidan Griffo, Alfonso y Margherita. Sólo tienes que decir que su hijo Davide está preocupado porque no tiene noticias suyas. Habla de ello en el telediario de esta noche.

Zito, que era una persona inteligente y un hábil periodista, examinó la fotografía y le dirigió la pregunta que él ya se esperaba.

– ¿Por qué te preocupas por la desaparición de esos dos?

– Me dan pena.

– Que te den pena, lo creo. Pero que sólo te den pena, no lo creo. ¿Hay por casualidad alguna relación?

– ¿Con qué?

– Con el chico que han matado en Vigàta, Sanfilippo.

– Vivían en el mismo edificio.

Nicolò pegó literalmente un brinco en la silla.

– Pero ésta es una noticia que…



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