
– … que tú no darás a conocer. Puede que haya una relación y puede que no. Tú haz lo que te digo y las primeras novedades sustanciosas serán para ti.
Sentado en la galería, había disfrutado de la pappanozza que desde hacía tiempo le apetecía saborear. Un plato pobre: patatas y cebollas hervidas un buen rato, reducidas a puré con el tenedor y aliñadas con mucho aceite, vinagre fuerte, pimienta negra recién molida y sal. Se come utilizando un tenedor preferentemente de hojalata (tenía dos que guardaba celosamente), quemándose uno la lengua y el paladar y, por consiguiente, soltando tacos a cada bocado.
En el telediario de las nueve de la noche, Nicolò Zito cumplió con su deber: mostró la fotografía de los Griffo y dijo que el hijo estaba preocupado.
Apagó el televisor y decidió empezar a leer el último libro de Vázquez Montalbán, cuya acción transcurría en Buenos Aires y que estaba protagonizado por Pepe Carvalho. Leyó las tres primeras líneas y sonó el teléfono. Era Mimì.
– ¿Te molesto, Salvo?
– En absoluto.
– ¿Estás ocupado?
– No. Pero ¿por qué me lo preguntas?
– Quisiera hablar contigo. Voy para allá.
O sea, que la actitud de Mimì cuando él lo había regañado por la mañana había sido sincera, no se trataba de una tomadura de pelo. ¿Qué podía haberle ocurrido al pobre muchacho? En cuestión de mujeres, Mimì era de fácil paladar y pertenecía a aquella corriente de pensamiento masculino, según la cual la que se deja se pierde. A lo mejor se había peleado con algún marido celoso. Como aquella vez que había sido sorprendido por el contable Pérez besando las tetas desnudas de su santa esposa. La cosa había acabado de mala manera, con presentación de denuncia en toda regla ante el jefe superior de policía. Había salido bien librado porque el jefe superior, el antiguo, había conseguido arreglarlo. Si en lugar del antiguo hubiera sido el nuevo, Bonetti-Alderighi, adiós carrera del subcomisario Augello.
