Llamaron al timbre de la puerta. Mimì no podía ser, pues acababa de telefonear. Pero era él.

– ¿Has venido volando desde Vigàta a Marinella?

– No estaba en Vigàta.

– ¿Dónde estabas, entonces?

– Aquí cerca. Te he llamado desde el móvil. Llevaba una hora dando vueltas.

¡Ay! Mimì había estado paseando por los alrededores antes de tomar la decisión de llamarlo. Señal de que el asunto era mucho más grave de lo que él imaginaba.

De repente, se le ocurrió un pensamiento terrible: ¿y si Mimì se hubiera puesto enfermo de tanto ir de putas?

– ¿Estás bien de salud?

Mimì lo miró, perplejo.

– ¿De salud? Sí.

Dios mío. Si lo que llevaba encima no guardaba relación con el cuerpo quería decir que la guardaba con lo contrario. ¿El alma? ¿El espíritu? ¿Estamos de guasa? ¿Qué tenía él que ver con aquellos asuntos?

Mientras se dirigían a la galería, Mimì dijo:

– ¿Me quieres hacer un favor? ¿Me traes dos dedos de whisky sin hielo?

¡Quería darse ánimos, eso es lo que quería! Montalbano empezó a ponerse extremadamente nervioso. Le colocó la botella y el vaso delante, esperó a que se echara una generosa cantidad y entonces habló.

– Mimì, me estoy devanando los sesos por tu culpa. Dime enseguida qué coño te pasa.

Augello apuró el contenido del vaso de un solo trago y, mirando hacia el mar, contestó en un levísimo susurro:

– He decidido desposarme.

Montalbano reaccionó instintivamente, presa de una furia incontenible. Con la mano izquierda barrió de la mesita el vaso y la botella mientras con la derecha descargaba un fuerte tortazo en la mejilla de Mimì, que entre tanto se había vuelto hacia él.

– ¡Cabrón! ¿Qué gilipolleces me estás diciendo? ¡Una cosa así, mientras yo viva, no permitiré que la hagas! ¡No te lo permitiré! ¿Cómo se te ha podido ocurrir semejante idea? ¿Qué motivo tienes?



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