Entre tanto, Augello se había levantado, y ahora permanecía apoyado contra la pared, acariciándose con una mano la enrojecida mejilla mientras sus ojos enormemente abiertos miraban aterrorizados a Montalbano.

El comisario logró dominarse y comprendió que se había pasado. Se acercó a Augello con los brazos extendidos. Mimì consiguió pegarse un poco más a la pared.

– Por tu bien, Salvo, no me toques.

O sea, que la enfermedad de Mimì era verdaderamente contagiosa.

– Cualquier cosa que tengas, Mimì, siempre es mejor que la muerte.

A Mimì se le cayó literalmente la boca hacia abajo.

– ¿La muerte? Pero ¿quién ha hablado aquí de muerte?

– Tú. Ahora mismo me acabas de decir: «He decidido dispararme.» ¿O acaso lo niegas?

Sin contestar, Mimì empezó a resbalar hacia el suelo con la espalda pegada a la pared. Ahora se estaba sujetando el vientre con ambas manos como si experimentara un dolor insoportable. Las lágrimas le brotaron de los ojos y empezaron a deslizarse a ambos lados de la nariz. El comisario se aterrorizó. ¿Qué hacer? ¿Llamar a un médico? ¿A quién podía despertar a aquella hora? Entre tanto, Mimì se había levantado de golpe, había saltado al otro lado de la barandilla, había recogido de la arena la botella todavía intacta y estaba bebiendo a morro. Montalbano se quedó de piedra. Después experimentó un sobresalto al oír que Augello se había puesto a ladrar. No, no ladraba. Se reía. Pero ¿por qué coño se reía? Al final, Mimì consiguió hablar.

– ¡He dicho desposar, Salvo, no disparar!

De repente, el comisario se sintió a la vez aliviado y enfurecido. Entró en la casa, fue al cuarto de baño, puso la cabeza bajo el agua fría y se quedó un buen rato allí. Cuando regresó a la galería, Augello se había vuelto a sentar. Montalbano le quitó la botella de la mano, se la acercó a la boca y apuró su contenido.

– Voy por otra.



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