
Regresó con una botella entera sin abrir.
– ¿Sabes, Salvo?, cuando has reaccionado de aquella manera, me has dado un susto del carajo. ¡He pensado que eras marica y estabas enamorado de mí!
– Háblame de la chica -dijo Montalbano.
Se llamaba Rachele Zummo. La había conocido en Fela, en casa de unos amigos. Estaba allí para ver a sus padres, pero trabajaba en Pavía.
– ¿Y qué hace en Pavía?
– Te vas a partir de risa, Salvo. ¡Es inspectora de policía!
Se rieron de buena gana. Y se pasaron otras dos horas riéndose hasta que se terminaron la botella.
– ¿Livia? Soy Salvo, ¿estabas durmiendo?
– Claro que estaba durmiendo. ¿Qué ha pasado?
– Nada. Quería…
– ¿Cómo que nada? Pero ¿sabes qué hora es? ¡Las dos!
– Ah, ¿sí? Perdona. No creía que fuera tan tarde… tan pronto. Bueno, no, nada, era una tontería, te lo aseguro.
– Pues me lo vas a decir, aunque sea una tontería.
– Mimì Augello me ha dicho que se quiere casar.
– ¡Vaya una novedad! A mí me lo dijo hace tres meses, y me pidió que no te contara nada.
Pausa muy larga.
– Salvo, ¿estás ahí?
– Sí, estoy. ¿O sea que tú y el señor Augello os hacéis pequeñas confidencias y a mí me mantenéis al margen de todo?
– ¡Vamos, Salvo!
– ¡Pues no, Livia, permíteme que me cabree!
– ¡Y tú permítemelo también a mí!
– ¿Por qué?
– Porque llamas tontería a una boda. ¡Cabrón! Más bien deberías imitar el ejemplo de Mimì. ¡Buenas noches!
Se despertó sobre las seis de la mañana con la boca pastosa y la cabeza ligeramente dolorida. Intentó volver a dormirse tras haberse bebido media botella de agua helada. Nada.
¿Qué hacer? El problema se lo resolvió el timbre del teléfono.
¿A aquella hora? Igual era el imbécil de Mimì para decirle que se le habían pasado las ganas de casarse.
