
– ¿Has cambiado de idea?
– No, dottore, no he cambiado de idea, sería difícil que cambiara. ¿A qué idea se refiere?
– Perdona, Fazio, creía que era otra persona. ¿Qué hay?
– Disculpe que lo despierte a esta hora, pero…
– ¿Pero?
– No conseguimos encontrar a Catarella. No ha aparecido desde ayer por la tarde; se fue de la comisaría sin decir adónde iba y ya no lo hemos vuelto a ver. Hasta hemos preguntado en los hospitales de Montelusa…
Fazio seguía hablando, pero el comisario ya no lo escuchaba. ¡Catarella! ¡Se había olvidado totalmente de él!
– Perdóname, Fazio, perdonadme todos. Se fue a hacer una cosa que yo le encargué, y no os avisé. No os preocupéis.
Oyó con toda claridad el suspiro de alivio de Fazio.
Tardó unos veinte minutos en ducharse, afeitarse y vestirse. Se sentía hecho polvo. Cuando llegó a Via Cavour 44, la portera estaba barriendo la acera delante del portal. Estaba tan reseca que prácticamente no había ninguna diferencia entre ella y el palo de la escoba. ¿A quién se parecía? Ah, sí, a Olivia, la novia de Popeye. Cogió el ascensor, subió al tercer piso y abrió con la ganzúa la puerta del apartamento de Nenè Sanfilippo. Dentro, la luz estaba encendida. Catarella permanecía sentado al ordenador, en mangas de camisa. En cuanto vio entrar a su jefe, se levantó de golpe, se puso la chaqueta y se arregló el nudo de la corbata. No se había afeitado y tenía los ojos enrojecidos.
