Se dio un manotazo en la frente. ¡Así había surgido el equívoco de la víspera! Augello le había dicho «he decidido desposarme» y él había entendido «he decidido dispararme». ¡Claro! ¿Desde cuándo se desposa la gente en Sicilia? Menuda palabreja. En Sicilia la gente se marida. Las mujeres, cuando dicen «me quiero maridar», pretenden decir «quiero tener un marido»; y los hombres, cuando dicen lo mismo, pretenden decir «quiero convertirme en marido». Cogió el teléfono.

– ¿Has cambiado de idea?

– No, dottore, no he cambiado de idea, sería difícil que cambiara. ¿A qué idea se refiere?

– Perdona, Fazio, creía que era otra persona. ¿Qué hay?

– Disculpe que lo despierte a esta hora, pero…

– ¿Pero?

– No conseguimos encontrar a Catarella. No ha aparecido desde ayer por la tarde; se fue de la comisaría sin decir adónde iba y ya no lo hemos vuelto a ver. Hasta hemos preguntado en los hospitales de Montelusa…

Fazio seguía hablando, pero el comisario ya no lo escuchaba. ¡Catarella! ¡Se había olvidado totalmente de él!

– Perdóname, Fazio, perdonadme todos. Se fue a hacer una cosa que yo le encargué, y no os avisé. No os preocupéis.

Oyó con toda claridad el suspiro de alivio de Fazio.

Tardó unos veinte minutos en ducharse, afeitarse y vestirse. Se sentía hecho polvo. Cuando llegó a Via Cavour 44, la portera estaba barriendo la acera delante del portal. Estaba tan reseca que prácticamente no había ninguna diferencia entre ella y el palo de la escoba. ¿A quién se parecía? Ah, sí, a Olivia, la novia de Popeye. Cogió el ascensor, subió al tercer piso y abrió con la ganzúa la puerta del apartamento de Nenè Sanfilippo. Dentro, la luz estaba encendida. Catarella permanecía sentado al ordenador, en mangas de camisa. En cuanto vio entrar a su jefe, se levantó de golpe, se puso la chaqueta y se arregló el nudo de la corbata. No se había afeitado y tenía los ojos enrojecidos.



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