
– ¡A sus órdenes, señor comisario!
– ¿Aún estás aquí?
– Ya estoy terminando, dottori. Me quedan un par de horas.
– ¿Encontraste algo?
– Disculpe, dottori, ¿usted quiere que le hable con palabras técnicas o con palabras sencillas?
– Sencillísimas, Catarè.
– Pues entonces le diré que en este ordenador no hay una mierda.
– ¿En qué sentido?
– En el sentido que ahora mismo acabo de decirle, señor comisario. No está conectado a Internet. Aquí dentro él tiene una cosa que estaba escribiendo…
– ¿Qué cosa?
– A mí me parece un libro novela, dottori.
– ¿Y qué más?
– Además, copias de todas las cartas que ha escrito y que ha recibido. Que son muchas.
– ¿De negocios?
– Qué negocios ni qué niño muerto, dottori. Son cartas de polvos.
– No entiendo.
Catarella se ruborizó.
– Son cartas, ¿cómo diría?, de amor, pero…
– Ah, ya sé. ¿Y en aquellos disquetes?
– Guarrerías, señor comisario. Hombres con mujeres, hombres con hombres, mujeres con mujeres, mujeres con animales…
La cara de Catarella parecía estar a punto de arder.
– Bueno, Catarè. Imprímelo.
– ¿Todo? Mujeres con hombres, hombres con hombres…
Montalbano interrumpió la letanía.
– Quería decir el libro novela y las cartas. Pero ahora vamos a hacer una cosa. Baja conmigo al bar, te tomas un café con leche y unos cruasanes, y después yo te acompaño otra vez aquí.
En cuanto entró en el despacho, se presentó Imbrò, el encargado de la centralita en ausencia de Catarella.
– Comisario, me han llamado desde Retelibera con una lista de nombres y de números de teléfono de personas que se han puesto en contacto tras haber visto la fotografía de los Griffo. Los tengo todos escritos aquí.
Unos quince nombres. A primera vista, los teléfonos eran de Vigàta. Lo cual significaba que los Griffo no eran tan evanescentes como había parecido al principio. Entró Fazio.
