
– ¡Virgen santa, el susto que nos hemos pegado cuando no encontrábamos a Catarella! No sabíamos que se le había encomendado una misión secreta. ¿Sabe qué apodo le ha puesto Galluzzo? El agente 000.
– Dejaos de guasas. ¿Tienes noticias?
– He ido a ver a la madre de Sanfilippo. La pobre señora no sabe absolutamente nada de lo que hacía el hijo. Me ha dicho que, a los dieciocho años, gracias a su afición a los ordenadores, había conseguido un trabajo en Montelusa. Ganaba un buen dinerillo y, con la pensión de la señora, vivían sin estrecheces. Pero, de repente, Nenè dejó el trabajo, cambió de carácter y se fue a vivir solo. Tenía mucho dinero, pero a su madre la dejaba ir por ahí con los zapatos rotos.
– Tengo una curiosidad, Fazio. ¿Le han encontrado dinero encima?
– ¡Por supuesto! Tres millones de liras contantes y sonantes y un cheque por valor de dos millones.
– Muy bien, así la señora Sanfilippo no tendrá que endeudarse para pagar el entierro. ¿De quién era el cheque?
– De la empresa Manzo de Montelusa.
– Intenta averiguar por qué se lo dieron.
– De acuerdo. En cuanto a los señores Griffo…
– Fíjate en esto -lo interrumpió el comisario-. Ésta es una lista de personas que saben algo acerca de los Griffo.
El primer nombre de la lista era Saverio Cusumano.
– Buenos días, señor Cusumano. Soy el comisario Montalbano.
– ¿Y qué quiere usted de mí?
– ¿No fue usted quien llamó a la televisión cuando vio la fotografía de los señores Griffo?
– Sí, señor. Fui yo. Pero ¿a usted qué le importa?
– Nosotros nos estamos encargando de este asunto.
– ¿Y eso quién lo ha dicho? Yo sólo hablo con el hijo, Davide. Buenos días.
Tan jubiloso principio a buen fin conduce, tal como decía Matteo Maria Boiardo. El segundo nombre era Gaspare Belluzzo.
