– ¿El señor Belluzzo? Soy el comisario Montalbano. Usted llamó a Retelibera a propósito de los señores Griffo.

– Es cierto. El domingo pasado mi señora y yo los vimos, estaban con nosotros en el autocar.

– ¿Adónde iban?

– Al santuario de la Virgen de Tindari.

«Tindari, conozco tu mansedumbre…», los versos de Quasimodo le sonaron en la cabeza.

– ¿Y qué iban a hacer allí?

– Una excursión. Organizada por la empresa Malaspina, de aquí. Mi señora y yo hicimos otra el año pasado a San Calogero de Fiacca.

– Dígame una cosa, ¿recuerda los nombres de otros participantes?

– Por supuesto: los señores Bufalotta, los Contino, los Dominedò, los Raccuglia… Éramos unos cuarenta.

El señor Bufalotta y el señor Contino figuraban en la lista de los que habían telefoneado.

– Una última pregunta, señor Belluzzo. Usted, cuando regresaron a Vigàta, ¿vio a los Griffo?

– Honradamente, no se lo puedo decir. Verá, comisario, ya era tarde, eran las once de la noche, estaba oscuro, todos estábamos cansados…


* * *

Era inútil perder el tiempo con otras llamadas. Le dijo a Fazio que acudiera a su despacho.

– Mira, todas estas personas participaron el domingo pasado en una excursión a Tindari. Estaban los Griffo. La excursión la organizó la empresa Malaspina.

– La conozco.

– Muy bien. Pues vas allí y les pides la lista completa. Después llama a todos los que fueron a la excursión. Los quiero en la comisaría mañana por la mañana a las nueve.

– ¿Y dónde los metemos?

– Me importa un carajo. Tened preparado un hospital de campaña. Porque el más jovencito de ellos tendrá como mínimo sesenta y cinco años. Otra cosa: que el señor Malaspina te diga quién fue el conductor del autocar aquel domingo. Si está en Vigàta y no se encuentra de servicio, lo quiero aquí dentro de una hora.



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