
Llegó a la roca y se sentó. Contempló el agua y le pareció ver borrosamente en ella el rostro de Carlos Martel. Le arrojó con rabia el puñado de grava. La imagen se fragmentó, se estremeció y desapareció. Montalbano encendió un cigarrillo.
– ¡Dottori, dottori, ah, dottori!-lo asaltó Catarella en cuanto lo vio aparecer en la entrada de la comisaría-. ¡Ha llamado tres veces el dottori Latte, ese al que lo llaman como una palabrota que termina con ese! ¡Quiere hablar personalmente en persona con usted! ¡Dice que es un asunto de urgencia urgentísima!
Ya se imaginaba lo que diría Lattes, el responsable del gabinete del jefe superior, apodado el «leches y mieles» por sus empalagosos y clericales modales.
El jefe superior, Luca Bonetti-Alderighi, del marquesado de Villabella, se había mostrado muy duro y explícito. Montalbano jamás lo miraba a los ojos sino ligeramente por encima de ellos, pues siempre lo hechizaba la cabellera de su jefe, muy espesa y con un grueso mechón retorcido en la parte superior, semejante a ciertas cagarrutas de persona que a veces se encuentran abandonadas por el campo. Aquella vez, al ver que no lo miraba, el jefe superior se había llamado a engaño, pensando que finalmente había conseguido atemorizar al comisario.
