
—Aquí. ¿Dónde estás tú?
—Aquí.
—Pues si estamos los dos aquí, ¿por qué molestarnos en usar el teléfono?
—Dime dónde estás antes de que se te acaben las monedas.
—Pero si estás aquí tú deberías saberlo. ¿No sabes dónde estás? —y se puso a reír.
—Eric, deja de hacer el tonto —le dije calmadamente.
—No estoy haciendo el tonto. No pienso decirte donde estoy; se lo dirás a Angus y él se lo dirá a la policía, ¡y ellos volverán a llevarme al puto hospital!
—No digas palabras malsonantes. Ya sabes que no me gustan. Por supuesto que no se lo diré a papá.
—«Puto» no es una palabra malsonante. Además tiene cuatro letras. ¿No es ese tu número de la suerte?
—No. Venga, ¿vas a decirme dónde estás? De verdad, quiero saberlo.
—Te diré donde estoy si me dices cuál es tu número de la suerte.
—Mi número de la suerte es e.
—Eso no es un número. Es una letra.
—Es un número. Es un número trascendental: 2.718…
—Eso es hacer trampa. Me refiero a un número entero.
—Deberías haber sido más específico —le dije suspirando al tiempo que sonaban unos pitidos y Eric ponía más monedas—. ¿Quieres que te llame yo?
—Jo, jo. No te vas a quedar conmigo tan fácilmente. Bueno, ¿cómo estás?
—Estoy bien. ¿Y tú?
—Cabreado, por supuesto —dijo bastante indignado. Tuve que sonreír.
—Mira, ya me he hecho a la idea de que vas a volver por aquí. Si lo haces, te pido por favor que no quemes perros ni ninguna otra cosa. ¿De acuerdo?
—Pero ¿qué estás diciendo? Soy yo, Eric. ¡Yo no quemo perros! —exclamó a gritos—. ¡Yo no quemo putos perros! ¿Quién te crees que soy? ¡No me acuses de quemar putos perros, pedazo de cabrón! ¡Cabrón!
—Bueno, Eric, lo siento, lo siento —me apresuré a decir—. Lo único que quiero es que estés bien; ten cuidado. No le lleves la contraria a la gente, ¿sabes lo que quiero decir? La gente es muy quisquillosa…
