Me saqué el tirachinas del cinturón, escogí una bola de acero de un centímetro de diámetro, apunté con cuidado, y lancé la bola de cojinete en una trayectoria curva que pasó por encima del río y de los postes de teléfono y del pequeño puente suspendido hasta llegar a tierra firme. El tiro dio en el cartel de «No entrar. Propiedad privada» con un sonido sordo que llegué a oír. Sonreí de satistacción. Era un buen presagio. La Fábrica no había sido específica (raramente lo es), pero yo tenía la impresión de que cualquiera que fuera el aviso que quería transmitirme se trataba de algo importante, y también sospechaba que debía de ser algo malo, pero yo había sido suficientemente astuto como para darme por aludido y revisar mis Postes, y ahora sabía que seguía teniendo buena puntería; las cosas seguían de mi lado.

Decidí no volver directamente a la casa. A Padre no le gustaba que rondara por allí cuando lo visitaba Diggs y, además, todavía me quedaban un par de Postes por revisar antes de que se pusiera el sol. Salté y me deslicé por la ladera de la duna hasta su sombra, me di la vuelta y contemplé allí arriba aquellos pequeños cuerpos y cabezas que vigilaban cualquier aproximación por el norte de la isla. Se veían bien todos aquellos pellejos colgando en sus ramas retorcidas. Unas cintas negras atadas a las desnudas ramas ondeaban suavemente con la brisa, como saludándome. Me convencí de que no sería nada demasiado malo y que al día siguiente le pediría más información a la Fábrica. Con un poco de suerte mi padre me diría algo y, con más suerte todavía, hasta podría llegar a decirme la verdad.


Dejé el saco lleno de cabezas y de cuerpos en el Bunker cuando la luz desaparecía completamente y comenzaban a salir las estrellas. Por los pájaros supe que Diggs se había marchado hacía unos minutos, de modo que corrí por un atajo hasta la casa, donde las luces seguían encendidas como siempre. Me encontré a mi padre en la cocina.



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