
Me fui a la alacena, cogí un plato, y volví a sentarme con una pierna cruzada debajo de mi trasero. Mi padre volvió a remover la sopa, que ahora se podía empezar a oler en lugar del humo del cigarro. Podía sentir cierta excitación en mi estómago, como un acuciante cosquilleo. De manera que Erie volvía a casa; eso era algo bueno-malo. Sabía que lo conseguiría. No hacía falta ni consultárselo a la Fábrica; seguro que llegaría. Me preguntaba cuánto tardaría en llegar, y si Diggs tendría que ir ahora por todo el pueblo dando voces para avisar de que el muchacho loco que prendía fuego a los perros estaba suelto otra vez: ¡encierren a sus perros!
Mi padre me sirvió sopa en el plato. Yo soplé la sopa. Pensé en los Postes de Sacrificio. Eran mi sistema de alerta y de disuasión al mismo tiempo; cosas potentes, infectadas, que vigilaban desde la isla, resguardándola. Aquellos tótems eran mi disparo de aviso; cualquiera que pusiera un pie en la isla después de verlos sabría lo que le esperaba. Pero me parecía que para Erie, en lugar de ser como un puño cerrado y amenazador, significarían una mano abierta y hospitalaria.
—Ya veo que has vuelto a lavarte las manos —me dijo mi padre mientras yo tomaba a pequeños sorbos la sopa caliente. Estaba sarcástico. Sacó la botella de whisky del ropero y se sirvió un trago. El otro vaso, que supongo que sería el del policía, lo puso en el fregadero. Se sentó en el extremo de la mesa.
Mi padre es alto y delgado, aunque ligeramente encorvado. Tiene la cara suave, como la de una mujer, y los ojos oscuros. Ahora cojea, y lleva así desde que lo recuerdo. Tiene la pierna izquierda casi completamente rígida y, normalmente, se lleva un bastón cuando sale de casa. Algunos días, cuando hace mucha humedad, también tiene que usar el bastón dentro de casa y puedo oír los golpes en el suelo sin alfombrar de las habitaciones y pasillos de la casa; un ruido hueco, que se desplaza. Tan solo en la cocina no se oye; las losas lo silencian.
