Ese bastón es el símbolo de la seguridad de la Fábrica. La pierna de mi padre, solidificada, me ha proporcionado mi santuario arriba, en el cálido espacio del desván, en lo más alto de la casa, donde se acumulan los trastos viejos y la basura, donde el polvo se mueve y la luz del sol entra de soslayo y donde se asienta la Fábrica: silenciosa, viva y en calma.

Mi padre no puede subir por la estrecha escala del piso de arriba; y, aunque pudiera, estoy seguro de que no podría superar los entresijos que tienes que sortear para llegar desde lo alto de la escala, rodeando la pared de ladrillo de la chimenea, hasta llegar a lo que es el desván.

Así que ese lugar es mío.

Supongo que mi padre debe de andar por los cuarenta y cinco, aunque a veces pienso que parece mucho mayor, y en ocasiones pienso que podría ser un poco más joven. No quiere decirme la edad que tiene, así que yo le echo cuarenta y cinco, a juzgar por su aspecto.

—¿Qué altura tiene esta mesa? —me preguntó de sopetón cuando estaba a punto de ir a la panera a por una rebanada para limpiar mi plato. Me di la vuelta y lo miré, preguntándome por qué se molestaría en hacerme una pregunta tan fácil.

—Trece pulgadas —le dije, y agarré un trozo de pan de la panera.

—Incorrecto —me dijo con una mueca de ansiedad—. Dos pies y seis pulgadas.

Yo negué con la cabeza, mirándolo con el ceño fruncido, y rebañé el borde marrón de la sopa que había quedado dentro del plato. Hubo una época en que esas estúpidas preguntas me daban verdadero miedo, pero ahora, aparte del hecho de que tengo que saber la altura, la longitud, la anchura, el área y el volumen de prácticamente todas las partes de la casa y de su contenido, puedo llegar a entender la obsesión de mi padre como tal obsesión.



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