A veces resulta mortificante cuando hay invitados en la casa, aunque sean de la familia y estén al corriente de lo que pasa. Se sientan, normalmente en el salón, preguntándose si Padre les va a ofrecer algo de comer o si les va a endilgar una conferencia improvisada sobre cáncer de colon o sobre la tenia, cuando de repente se acerca furtivamente a uno de ellos y, con un ensayado tono conspiratorio dice: «¿Ves aquella puerta? Tiene ochenta y cinco pulgadas, de esquina a esquina». Entonces guiña un ojo y sale de la habitación, o se deja caer en su sillón como si no hubiera dicho nada.

Desde que puedo recordar siempre ha habido pequeñas etiquetas de papel blanco, escritas con bolígrafo negro en perfecta caligrafía, adheridas por toda la casa. Pegadas a las patas de las sillas, a los bordes de las alfombras, a la base de las jarras, a las antenas de las radios, a las puertas de los armarios, a los cabezales de las camas, a las pantallas de los televisores, a las asas de los cazos, para proporcionar la exacta medida de la parte del objeto al que están adheridas. Hasta hay algunas escritas en lápiz pegadas a las hojas de las plantas. Cuando era un niño fui una vez por toda la casa despegando todas las etiquetas; me azotó con el cinturón y me mandó castigado a mi cuarto sin salir durante dos días. Más adelante mi padre pensó que sería bueno para formar mi carácter que me aprendiera todas las medidas, tal como él las sabía, de modo que tuve que sentarme durante horas y horas con el Libro de las Medidas (un enorme volumen con toda la información de las pequeñas etiquetas registrada cuidadosamente según habitación y categoría de los objetos), o ir por la casa con un lápiz y una libretita tomando mis propias notas. Y todo ello sin contar las clases de matemáticas, de historia y de otras materias que mi padre solía darme.



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