No me dejaba mucho tiempo libre para salir a jugar, lo cual no se lo perdonaba. En esa época estaba librando una Guerra —me parece que era la de los Mejillones contra las Moscas Muertas— y, mientras yo estaba escudriñando el libro en la biblioteca, tratando de mantener los ojos abiertos, empollando toda aquella maldita estupidez de las medidas imperiales, el viento debía de estar dispersando por toda la isla mis ejércitos de moscas y el mar anegaría primero las conchas de los mejillones bajo los charcos que deja la marea para acabar cubriéndolos de arena. Afortunadamente, mi padre acabó cansándose de su gran plan y se contentó con lanzarme por sorpresa insólitas preguntas sobre la capacidad en pintas del paragüero o sobre el área total, en fracciones de un acre, de todas las cortinas colgadas en aquel momento en la casa.

—No pienso volver a contestar esa clase de preguntas —le dije mientras llevaba mi plato al fregadero—. Hace años que deberíamos haber pasado al sistema métrico.

Mi padre resopló dentro del vaso cuando estaba bebiendo.

—Hectáreas y todas esas tonterías. Ni hablar. Basado en las medidas de la tierra, como bien sabes. No hace falta que te diga el disparate que es todo eso.

Suspiré y cogí una manzana del frutero que había en el alféizar de la ventana. Mi padre me hizo creer durante un tiempo que la tierra era una cinta de Moebius, y no una esfera. Y según él no ha cambiado de opinión, y con gran solemnidad manda un manuscrito a los editores de Londres para intentar que le publiquen un libro en el que expone sus ideas al respecto, pero yo sé que en el fondo está actuando como el buscapleitos de siempre y que, con lo que verdaderamente disfruta, es mostrando su estupefacta incredulidad y, a continuación, su justa indignación cuando, finalmente, le devuelven el manuscrito. Esto ocurre cada tres meses, y dudo que la vida le resultara tan gratificante sin esa especie de ritual. De todos modos, es precisamente por esa razón por lo que no le da la gana cambiar al estándar métrico para sus estúpidas medidas, aunque la verdad es que es por pura pereza.



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