—¿Qué has estado haciendo hoy? —Me lanzó su mirada desde el otro lado de la mesa mientras se dedicaba a rodar el vaso vacío por la superficie de madera de la mesa.

—Ahí afuera —contesté encogiéndome de hombros—. Caminando y esas cosas.

—¿Construyendo presas otra vez? —me dijo con retintín.

—No —le contesté sacudiendo la cabeza con seguridad y mordiendo la manzana—. Hoy no.

—Espero que no hayas estado matando criaturas de Dios.

Volví a encogerme de hombros. Por supuesto que estuve matando cosas. ¿Cómo diablos se supone que voy a conseguir cabezas y cuerpos para los Postes y el Bunker si no mato cosas? Qué le voy a hacer si no hay suficientes muertes naturales. Pero claro, no puedes decirle eso a la gente.

—A veces pienso que tú eres el que tendrías que estar en un hospital, y no Eric. —Me miraba por debajo de sus oscuras cejas, con su voz más grave. En otro tiempo me habría acobardado ese comentario, pero no ahora.Ya casi tengo diecisiete años y no soy un niño. Aquí, en Escocia, hace un año que tengo edad suficiente para casarme sin el permiso de mis padres. Quizá no tendría mucho sentido que me casara, tengo que admitirlo, pero ahí están las reglas.

Además yo no soy Eric; yo soy yo y estoy aquí, y eso es todo. No molesto a la gente y mejor que no me molesten a mí si no quieren saber lo que es bueno. Yo no voy por ahí regalándole a la gente perros en llamas, ni asustando a los vagabundos locales con puñados de larvas o boqueadas de gusanos. La gente del pueblo puede que diga de mí: «Bueno, ya sabes, no está muy allá», pero es tan solo una bromita entre ellos (y a veces, para insistir, ni siquiera se señalan la cabeza al decirlo); no me importa. Ya he aprendido a vivir con mi incapacidad, y a vivir sin otra gente, de modo que no me molesto por esas cosas.



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