
– Esperadme, vuelvo enseguida -les dijo Montalbano.
Le miraron resignados, sin molestarse en contestar. Era bien sabido que, cuando alguien se topaba con la ley por la razón que fuera, la cosa siempre iba para largo.
– ¿Alguno de vosotros ha avisado a los periodistas? -preguntó el comisario a sus hombres.
Los agentes negaron con la cabeza.
– Mucho ojo, no quiero que estén a todas horas tocándome los cojones.
Galluzzo se adelantó tímidamente y levantó dos dedos como si pidiera permiso para ir al retrete.
– ¿Ni siquiera a mi cuñado?
El cuñado de Galluzzo era el periodista de Televigàta que llevaba la sección de sucesos, y Montalbano se imaginaba la trifulca familiar si Galluzzo no le decía nada. De hecho, Galluzzo lo miraba con expresión suplicante y desesperada.
– Bueno. Que vaya cuando se haya levantado el cadáver. Y sin fotógrafos.
Se fueron en el automóvil de servicio, dejando a Giallombardo de guardia. Conducía Gallo, quien, junto con Galluzzo, era aficionado a cuchufletas del tipo «Comisario, ¿qué se cuenta en el gallinero?», y Montalbano, que lo conocía muy bien, le advirtió:
– No hace falta que corras.
Pero, al llegar a la curva de la iglesia del Carmen, Peppe Gallo no pudo más, aceleró y derrapó. Sintieron un golpe seco, como un pistoletazo, y el coche patinó. Bajaron. El neumático posterior derecho colgaba reventado; habían estado trabajándolo un buen rato con una hoja muy afilada y los cortes se veían con toda claridad.
– ¡Cabrones, hijos de la gran puta! -estalló el sargento.
Montalbano se enfadó en serio.
– ¡Pero si ya sabéis que una vez cada quince días nos rajan los neumáticos! ¡Maldita sea! Y eso que cada mañana os lo digo: ¡echadles un vistazo antes de salir! ¡Y a vosotros, en cambio, os importa una mierda, capullos! ¡Hasta que alguien se rompa la crisma!
