
Entre una cosa y otra, fueron necesarios diez minutos largos para cambiar la rueda y, cuando llegaron al aprisco, los de la Científica de Montelusa ya se encontraban en el lugar de los hechos. Estaban en la fase meditativa, como la llamaba Montalbano: es decir, cinco o seis agentes dando vueltas alrededor del coche, con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos o en la espalda. Parecían filósofos enfrascados en profundos pensamientos, pero en realidad caminaban con los ojos muy abiertos, buscando en el suelo un indicio, un rastro, una huella. En cuanto Jacomuzzi, el jefe de la Científica, lo vio, corrió a su encuentro.
– ¿Cómo es posible que no haya periodistas?
– Yo no he querido.
– Esta vez te van a pegar un tiro por hacerles perder una noticia de semejante calibre. -Jacomuzzi estaba visiblemente alterado-. ¿Sabes quién es el muerto?
– No. Dímelo tú.
– Es el ingeniero Silvio Luparello.
– ¡Coño! -fue el comentario de Montalbano.
– ¿Y sabes cómo ha muerto?
– No. Y tampoco quiero que me lo digas. Lo veré con mis propios ojos.
Jacomuzzi volvió junto a sus hombres, ofendido. El fotógrafo de la Científica ya había terminado y ahora le tocaba el turno al doctor Pasquano. Montalbano observó que el médico se veía obligado a trabajar en una postura incómoda, con medio cuerpo en el interior del vehículo, tratando de alcanzar el asiento del copiloto, en el que se entreveía una oscura silueta. Fazio y los agentes de Vigàta estaban echando una mano a sus compañeros de Montelusa. El comisario encendió un cigarrillo y se volvió para contemplar la fábrica de productos químicos. Aquellas ruinas lo fascinaban. Decidió volver un día, hacer unas fotos y enviárselas a Livia para explicarle, por medio de aquellas imágenes, ciertas cosas de sí mismo y de su tierra que ella todavía no lograba comprender.
