– ¿Quién es?

– Aún no lo sabemos.

– ¿Cómo lo han matado?

– No lo sabemos. Es más, ni siquiera sabemos si lo han matado.

– No lo entiendo, sargento. ¿Me despiertas sin saber una mierda?

Respiró hondo para que se le pasara aquel enfado que el otro aguantaba con más paciencia que un santo.

– ¿Quién lo ha encontrado?

– Dos basureros en el aprisco, en el interior de un coche.

– Voy enseguida. Entretanto, llama a Montelusa, que vengan los de la Policía Científica, y avisa al juez Lo Bianco.

Mientras se duchaba, llegó a la conclusión de que el muerto tenía necesariamente que pertenecer a la cosca, la familia mafiosa, de los Cuffaro de Vigàta. Ocho meses atrás, probablemente como consecuencia de repartos territoriales, había estallado una encarnizada guerra entre los Cuffaro y los Sinagra de Fela; un muerto al mes, de manera alterna y sistemática: uno en Vigàta y otro en Fela. El último de ellos, un tal Mario Salino, había sido tiroteado en Fela por los vigateses, por lo que estaba claro que, esta vez, le había tocado a uno de los Cuffaro.

Antes de salir de casa -vivía solo en un pequeño chalet en la playa, al otro lado del aprisco-, sintió el deseo de llamar a Livia a Génova. Ella contestó de inmediato, medio adormilada.

– Perdona, quería oír tu voz.

– Estaba soñando contigo -le dijo ella-. Estabas conmigo.

Montalbano iba a decirle que él también había soñado con ella, pero se lo impidió un absurdo pudor. En su lugar, preguntó:

– ¿Qué hacíamos?

– Lo que no hacemos desde hace demasiado tiempo -contestó ella.

En la comisaría, aparte del sargento, encontró sólo a tres agentes. Los demás estaban con el propietario de una tienda de ropa que le había pegado un tiro a su hermana a causa de una herencia y después se había largado. Abrió la puerta de la sala de seguridad. Los dos basureros estaban sentados en el banco muy pegados el uno al otro y con el semblante pálido a pesar del sofocante calor.



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