
Vio acercarse el coche del juez Lo Bianco, que descendió del vehículo muy alterado.
– ¿De veras el muerto es el ingeniero Luparello?
Por lo visto Jacomuzzi no había perdido el tiempo.
– Parece ser que sí.
El juez se reunió con el grupo de la Científica y se puso a conversar nerviosamente con Jacomuzzi y el doctor Pasquano, el cual había sacado de su maletín un frasco de alcohol y se estaba desinfectando las manos. Al cabo de un rato, suficiente como para que el sol achicharrara a Montalbano, los de la Científica subieron a su automóvil y se fueron. Al pasar por su lado, Jacomuzzi no lo saludó. Montalbano oyó apagarse a su espalda la sirena de una ambulancia. Ahora le correspondía el turno a él. Tenía que decir y hacer, no podría evitarlo. Se sacudió de encima el entumecimiento en el que se estaba cociendo a fuego lento y se encaminó hacia el coche del muerto. A medio camino, el juez le cortó el paso.
– Ya se puede levantar el cadáver. Dada la notoriedad del pobre ingeniero, cuanta más prisa nos demos, mejor. De todos modos, téngame diariamente al corriente de la marcha de la investigación. -Hizo una pausa para suavizar el carácter perentorio de las palabras que acababa de pronunciar, y añadió-: Llámeme cuando lo considere oportuno. -Otra pausa, y a continuación-: Siempre en horas de oficina, claro.
Se alejó. Llamarle a su despacho y no a casa. En casa, todo el mundo lo sabía, el juez Lo Bianco se dedicaba a la redacción de una voluminosa obra: Vida y obra de Rinaldo y Antonio Lo Bianco, maestros jurados de la Universidad de Girgenti en tiempos del rey Martín el Joven (1402-1409), a quienes él consideraba antepasados suyos, aunque muy lejanos.
– ¿Cómo ha muerto? -le preguntó al médico.
– Véalo usted mismo -contestó Pasquano, apartándose a un lado.
Montalbano introdujo la cabeza en el vehículo, que parecía un horno (en aquel caso en concreto, crematorio); contempló por primera vez el cadáver y pensó de inmediato en el jefe superior de policía.
