
Pensó en él no porque soliera pensar en su superior jerárquico al comienzo de cada investigación, sino porque hacía diez días había hablado con el viejo jefe superior Burlando -que era amigo suyo- de un libro de Ariès, Historia de la muerte en Occidente, que ambos habían leído. El jefe de policía había afirmado que todas las muertes, incluso las más humillantes, conservaban siempre cierto carácter sagrado. Montalbano le había replicado con toda sinceridad que en ninguna muerte, ni siquiera en la de un Papa, conseguía ver nada que fuera sagrado.
Ahora habría querido tener a su lado al señor jefe de policía para que viera lo que él estaba viendo. El ingeniero había sido siempre un personaje elegante y extremadamente meticuloso en todo lo referente al cuidado de su aspecto, y ahora, en cambio, iba sin corbata y llevaba la camisa arrugada, las gafas de través, el cuello de la chaqueta incongruentemente medio levantado, y los calcetines tan caídos y aflojados que le cubrían los mocasines. Sin embargo, lo que más le llamó la atención al comisario fue la contemplación de los pantalones bajados hasta las rodillas, los blancos calzoncillos visibles bajo los pantalones, y la camisa enrollada junto con la camiseta hasta la mitad del pecho.
Y el sexo obscena e indecentemente al aire, grueso, velludo y en total contraste con los delicados rasgos del resto del cuerpo.
– Pero ¿cómo ha muerto? -volvió a preguntarle al médico, mientras se apartaba del coche.
– Me parece evidente, ¿no? -contestó groseramente Pasquano, y añadió-: ¿Sabía usted que el ingeniero había sido operado del corazón por un prestigioso especialista de Londres?
– Pues la verdad es que no. Lo vi el miércoles pasado en la televisión, y me pareció que gozaba de perfecta salud.
– Parecía, pero no era así. Mire, en política, todos son como los perros. En cuanto se enteran de que no puedes defenderte, te atacan a dentelladas. Al parecer, en Londres le colocaron dos bypass, y dicen que fue muy complicado.
