
– ¿Quién lo atendía en Montelusa?
– Mi colega Capuano. Cada semana se hacía un control. Se preocupaba mucho por su salud, quería estar siempre en forma.
– ¿Le parece oportuno que hable con Capuano?
– No serviría absolutamente de nada. Lo que aquí ha ocurrido está más claro que el agua. Al pobre ingeniero le entró el capricho de echar un buen polvo en este paraje, tal vez con alguna puta exótica. Lo echó y la palmó. -Pasquano se dio cuenta de que la mirada de Montalbano se había perdido en la distancia-. ¿No le convence?
– No.
– ¿Por qué?
– La verdad es que ni yo mismo lo sé. ¿Tendrá la bondad de enviarme mañana el resultado de la autopsia?
– ¿Mañana? ¡Usted está loco! Antes que al ingeniero, tengo a esa joven de veinte años violada en una alquería y que fue descubierta diez días más tarde comida por los perros. Después le toca a Fofò Greco, al que le cortaron la lengua y las pelotas y lo dejaron morir colgado de un árbol. Después viene…
Montalbano interrumpió la macabra lista.
– Hablemos claro, Pasquano, ¿cuándo me enviará el resultado?
– Pasado mañana, si no tengo que ir de aquí para allá a examinar otros muertos.
Ambos se despidieron. Después Montalbano llamó al sargento y a sus hombres, les dijo lo que tenían que hacer y cuándo podían permitir que introdujeran el cuerpo en la ambulancia, y le pidió a Gallo que lo acompañara de nuevo a la comisaría.
– Después vuelves y recoges a los demás. Y, como corras, te rompo los cuernos.
Pino y Saro firmaron la declaración en la que describían detalladamente todos sus movimientos antes y después del descubrimiento del cadáver. En la declaración faltaban dos hechos importantes que los basureros se habían guardado mucho de revelar a los representantes de la ley. El primero era que habían reconocido casi de inmediato al muerto, y el segundo, que se habían apresurado a comunicarle su descubrimiento al abogado Rizzo. Después regresaron a casa; Pino con los pensamientos en otra parte y Saro acariciando de vez en cuando el bolsillo en que guardaba el collar.
