Para empezar, se había rodeado de servidores (aunque los periódicos los llamaban «fraternales amigos» o «fieles seguidores»), el primero de los cuales había sido el honorable Cusumano. A continuación, puso librea al senador Portolano y al diputado Tricomi. En resumen, todo el partido, en Montelusa y en la provincia, había pasado a sus manos, al igual que el ochenta por ciento de las contratas públicas y privadas. Ni siquiera le rozó el terremoto desencadenado por algunos jueces milaneses que hizo tambalear a la clase política que ostentaba el poder desde hacía cincuenta años. Es más, gracias precisamente a que siempre se había mantenido en un segundo plano, pudo salir a la luz y tronar contra la corrupción de sus compañeros de partido. En cosa de un año o algo menos, se había convertido, en su calidad de paladín de la renovación y gracias a los numerosos afiliados, en secretario provincial. Por desgracia, entre su triunfal nombramiento y su muerte sólo habían transcurrido tres días. Un periódico lamentaba que la mala suerte no hubiera permitido que un personaje de tan elevada y sublime estatura tuviera tiempo de devolver al partido su antiguo esplendor. Al recordarlo, ambos periódicos evocaban unánimemente su gran generosidad y delicadeza espiritual, y su disponibilidad a tender la mano en todas las circunstancias dolorosas, tanto a los amigos como a los enemigos, sin distinción. Con un estremecimiento, Montalbano recordó unas imágenes del año anterior transmitidas por una televisión local. El ingeniero inauguraba un pequeño orfelinato en Belfi, el pueblo natal de su abuelo, bautizado con el nombre de éste. Una veintena de chiquillos vestidos de la misma manera entonaban una canción de agradecimiento al ingeniero, que los escuchaba emocionado. Las palabras de aquella «canción» se habían quedado indeleblemente grabadas en la memoria del comisario: «Qué bueno y qué bello / el ingeniero Luparello.»



20 из 130