
– Yo te pago la reparación. ¿Algo más?
– Pues sí. Justo al salir del cauce del Canneto para adentrarse en la arena, las ruedas del BMW dejaron unas huellas. Si avisamos ahora mismo al doctor Jacomuzzi, podríamos sacar el molde.
– Que se joda Jacomuzzi.
– Como usted mande. ¿Necesita algo más?
– No, Fazio, ya puedes volver. Gracias.
Cinco
La playita de Puntasecca, una franja de arena compacta al amparo de una colina de marga blanca, estaba desierta a aquella hora. Cuando el comisario llegó, Gegè ya lo esperaba apoyado en su automóvil, fumando un pitillo.
– Baja, Salvù -le dijo a Montalbano-, vamos a disfrutar un poco de este aire tan bueno.
Se pasaron un rato fumando en silencio. Después, Gegè apagó el cigarrillo y dijo:
– Ya sé lo que quieres preguntarme, Salvù. Me lo he preparado muy bien, puedes hacerme las preguntas incluso salteadas.
Ambos sonrieron ante la evocación de aquel recuerdo común. Se habían conocido en la primina, pequeña escuela privada que precedía a la escuela primaria, y en la que la maestra era la señorita Marianna, la hermana de Gegè, que le llevaba a éste quince años. Salvo y Gegè eran unos estudiantes perezosos, que se aprendían las lecciones como loros y las repetían como tales. Pero, a veces, la maestra Marianna no se conformaba con aquellas letanías y les hacía preguntas salteadas, es decir, sin seguir el orden natural de los datos, y entonces se quedaban mudos, porque era necesario haber comprendido y haber establecido nexos lógicos.
– ¿Cómo está tu hermana?
– La he llevado a Barcelona, a una clínica especializada en los ojos. Por lo visto, hacen milagros. Me han dicho que, por lo menos, podrá recuperar parte de la visión del ojo derecho.
– Cuando la veas, dale recuerdos de mi parte.
– Lo haré sin falta. Como te decía, estoy preparado. Ya puedes disparar las preguntas.
– ¿A cuántas personas administras en el aprisco?
