– Veintiocho, entre putas y chaperos de variada índole. Más Filippo di Cosmo y Manuele Lo Pìparo, que vigilan para que no se arme jaleo. Tú sabes bien que al más mínimo problema estaría jodido.

– O sea que mantienen los ojos muy abiertos.

– Claro. ¿Tú sabes el perjuicio que me podría suponer, qué sé yo, una pelea, un navajazo, una sobredosis…?

– ¿Te sigues limitando a las drogas blandas?

– Por supuesto. Hachís y, como máximo, cocaína. Pregunta, pregunta a los barrenderos si por la mañana encuentran alguna jeringuilla, una sola.

– Te creo.

– Y, además, tengo siempre encima a Giambalvo, el jefe de la Brigada de Buenas Costumbres. Me soporta, dice, siempre y cuando no le cause quebraderos de cabeza, y no le toque los cojones con algo gordo…

– Comprendo a Giambalvo: teme verse obligado a cerrarte el aprisco. Perdería lo que tú le sueltas bajo mano. ¿Qué le das, un sueldo mensual, un porcentaje fijo? ¿Cuánto le das?

Gegè esbozó una sonrisa.

– Pide el traslado a la Brigada de Buenas Costumbres y lo sabrás. A mí me encantaría, pues así le echaría una mano a un miserable como tú, que sólo vive de su sueldo y anda por ahí con los fondillos del pantalón remendados.

– Gracias por el cumplido. Y ahora háblame de aquella noche.

– Bueno, pues debían de ser las diez o diez y media cuando Milly, que estaba trabajando, vio los faros de un vehículo que se acercaba por la parte de Montelusa junto a la orilla del mar y se dirigía a toda velocidad al aprisco. Y se asustó.

– ¿Quién es esta Milly?

– Se llama Giuseppina La Volpe, nació en Mistretta y tiene treinta años. Es una chica lista.

Sacó del bolsillo una hoja doblada y se la entregó a Montalbano.

– Aquí te he escrito los nombres y los apellidos verdaderos. También la dirección, por si quieres hablar personalmente con ella.

– ¿Por qué dices que Milly se asustó?



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